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El Papa y el jazz

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Miriam Díez Bosch - publicado el 14/02/13
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Benedicto XVI no improvisa

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Benedicto XVI ha conseguido con su gesto final que algunos se reconcilien con su trayectoria. No tuvo una entrada fácil, ni su salida está siendo balsámica. El pragmático pontífice ha calibrado muy bien su decisión. Al Papa le gusta Mozart, no el jazz. Lo suyo no es improvisar, lo sabemos. Él no hace las cosas de bote pronto sin los medios necesarios. El sucesor de Pedro no entra en el océano con una barquita de pescar.

Su renuncia es una auténtico abandono a algo que es muy suyo y de nadie más: el pontificado no es una condición que se comparta. Deja un ministerio inédito, una labor que sólo han ejercido 265 personas hasta el momento. Se despide de una atalaya privilegiada. Se va pero se queda, en otra forma.

Medido, germánico, profundamente espiritual, su decisión no es un portazo final sino todo lo contrario. Ahora se abre el telón. La decisión papal imprime carácter, y aunque sólo el tiempo lo corroborará, no parece un acto aislado de un pontífice solitario sin consecuencias. Ejercer un gesto que desde hace 600 años no cumplía nadie es sinónimo de valor, de un coraje que no es ímpetu alocado sino meditada decisión. Y abre la veda a otros gestos insólitos. La Iglesia no es un mamut, ni una mole, ni un bunker. En la Iglesia se abren puertas, se cierran. Se dibujan nuevos escenarios, se cancelan otros. El dinamismo es parte de su identidad. Y el Papa, que tiene visión histórica, rigor eclesiológico y finura teológica, es muy consciente de ello.

El Papa es consecuente y él mismo estaba aceptando las renuncias de los obispos al cumplir los 75 años. No escondía su visión sobre la posibilidad de la renuncia. Se pueden encontrar ecos de su pensamiento ya hace tiempo. Al Papa no le “pasa” nada raro. El Papa, en pleno ejercicio de libertad, ha visto pasar los años y ha sospesado la fuerza que se necesita para ser “un buen Papa” que guiara la Iglesia en este momento convulso. No se conformaba con ser sólo el Papa nominalmente. Y ha visto que aunque su cabeza rige, su cuerpo está fatigado.

No ha sacralizado el ser Papa: es un ministerio, un servicio, que si no se puede ejercer en condiciones, se abandona para dejar paso a un candidato con mayor vigor. Este es el adjetivo que Benedicto XVI ha querido enfatizar. Vigor. Todos sabían, especialmente sus hermanos en el Sacro Colegio Cardenalício, que este pontífice dejaría un listón muy alto con su muerte. Lo que no se esperaban es que lo dejara igual de alto de cuerpo presente, y vivo, al otro lado del jardín vaticano.

 

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