Se volvió viral el texto que habla de felicidad y dignidad más allá de las calificaciones
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Se ha difundido en todos las redes sociales una breve carta de un director de escuela en Singapur que colgó afuera del colegio en vista a los inminentes exámenes; no estaba dirigida a los alumnos sino a sus padres.
Y es que los padres y madres podemos tener expectativas opresoras con los que sofocamos a menudo el horizonte propositivo de nuestros hijos.
En un programa de televisión italiano, La prova del cuoco, se retomó el tema para reflexionar con un caso concreto y dramático: el suicidio de Giada De Filippo, la chica de veintiséis años que se lanzó desde el último piso de la universidad tras mentir sobre su inexistente recorrido universitario. Un acontecimiento tremendo, detrás del cual urge la pregunta sobre un sentido de plenitud de la vida que no dependa de calificaciones y títulos.
Este es el texto de la carta que se ha vuelto viral:
“Queridos papás:
Los exámenes de sus hijos están por empezar, se que esperan que a sus hijos les vaya bien. Pero por favor recuerden que entre los estudiantes que se sentarán a hacer los exámenes existe un artista que no entiende de matemáticas, un empresario a quien no le interesa la historia, un músico cuyas calificaciones en química no le importarán, existe una deportista cuyo entrenamiento es más importante que la física.
Si sus hijos salen bien, ¡estupendo!, pero si no, por favor no los priven de su confianza y su dignidad. Díganles que no pasa nada, que sólo es un examen.
Harán cosas mucho más grandes en su vida. Díganles que no importa qué calificaciones saquen, los amarán de la misma manera sin juzgarlos.
Compórtense así por favor. Y cuando lo hagan, admiren a sus hijos cómo conquistan el mundo.
Un examen o una mala calificación no les podrán quitar sus sueños y su talento.
Por favor, no piensen que los médicos e ingenieros son las únicas personas felices en el mundo.
Cordiales saludos,
el director”
No hay nada de qué quejarse en esta propuesta, es el camino correcto y, sin embargo, me gustaría añadir algo que está en juego.
Se habla de talento, más allá de las calificaciones, se habla de conquistar el mundo. En resumen, se habla de meta, y eso está muy bien. Pero cada uno de nosotros es una contribución irrenunciable a la historia del mundo, y no sólo por su parte buena, valiente y provechosa (que puede o no ser reconocida en la escuela).
Cabría preguntarse: ¿El músico con las malas calificaciones en física vale solo porque se volvió un buen músico? Y el artista que no entiende las matemáticas, ¿es feliz sólo porque se volvió artista?
Cada uno tiene sueños por los cuales luchar e ir adelante; pero nuestra presencia vale no sólo porque los alcanzaremos y no sólo cuando los hayamos alcanzado.
Me permito ilustrar las directrices del director con las que hace un siglo escribió Gilbert Chesterton quien nos recorda que lo menor de nosotros es poca parte de nosotros y cada día se equilibra discretamente, el suficiente y el insuficiente:
“Un hombre debe ser en parte un hombre de una sola idea, pues es un hombre de una sola arma, y se le envía desnudo a la lucha.
La demanda del mundo llega directamente hasta él; indirectamente, hasta su mujer.
En resumen, debe dar (como dicen los libros sobre el éxito) «lo mejor de sí mismo», ¡y qué pequeña parte de un hombre es «lo mejor de sí mismo»!
Lo segundo y lo tercero mejor suelen ser mucho mejores.
Si el hombre es primer violín, tiene que tocarlo durante toda su vida; no debe recordar que es un estupendo cuarta gaita, un buen quincuagésimo taco de billar, una hoja, una estilográfica, una escopeta y una imagen de Dios”.
(Lo que está mal en el mundo – G.K Chesterton).
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